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Supersticiones del mal de ojo

Es la más universal de las supersticiones. El terror a una mirada de las que matan, es un hecho extendido a lo largo de la Historia. La propiedad de aojar se posee sólo en un ojo: se averigua cuál de ellos la tiene tapando uno mientras con el otro se mira el objeto cuyo mal se desea, y si lo acusa, ése es el ojo del maleficio.

Es virtud o condición que no aparece con el nacimiento, sino que puede manifestarse a lo largo de la vida del aojador de manera súbita. No hace mucho asistí, en un pueblo entre Murcia y Almería, a una prueba para averiguar si cierto individuo daba el mal de ojo a sus vecinos, a cuyo fin se trató de montar en su presencia una mayonesa con tenedor, y fue imposible: era obviamente gafe con poderes de aojar; el sujeto en cuestión tenía los síntomas, como extrema delgadez, aspecto macilento, tez cetrina y aire angustiado; era obviamente un cenizo.

En pueblos de Alicante se cree que la mujer que tiene un ojo más grande que otro o de distinta color, tiene peligro, y su mal de ojo fulmina; y en Crevillente, pueblo de esa provincia se afirma que el aojador tiene en su pupila la figura de un sapito. En Cádiz se sospecha que quien tiene una venilla en el entrecejo es aojador, creencia enraizada en parecidos temores sentidos por el hombre antiguo en esa milenaria ciudad. En sus Secretos de Philosophía (1547) el médico navarro Alonso López de Corella explica que brujas, mujeres bizcas, viejas y gitanas dan mal de ojo:

Entre los pueblos islámicos, como el marroquí, una de las desgracias mayores que puedan sobrevenirle al hombre es ser aojado. La costumbre del velo cree deberse al intento de evitar este mal, y es tal el temor a ser aojado que al mirarse al espejo las muchachas pronuncian ciertas palabras para evitar el auto-aojamiento, y quien posee gran belleza cubre su rostro para evitar envidias que hagan concebir en los demás el deseo de hacerles daño.

Las madres egipcias no lavan a sus hijos ni los visten con esmero cuando son de gran belleza: temen a los fascinadores. Temen en particular la mirada de quien tiene los ojos azules, sobre todo sin son de mujer anciana. En el mundo egipcio existía ya un remedio contra este mal: el kohl, primer cosmético de la Historia, hace siete mil años, antigüedad que tienen una paleta para moler y mezclar polvos faciales y pintura de ojos y labios. Aunque al parecer todo empezó siendo un simple rito religioso y guerrero que evolucionó hacia la estética, su fin original tuvo connotaciones mágicas. Hombres y mujeres se aplicaban el kohl en círculos en torno a los ojos; los adivinos lo preparaban con una base de antimonio, aunque muchos tenían fórmulas propias y añadían ingredientes sólo conocidos por ellos. De hecho, era una máscara para rehuir la mirada de otro y mejor absorver la luz: unos círculos u óvalos de materia grasa y obscura dificultan el reflejo en el ojo, base conceptual de la fascinación.

Los egipcios hicieron del mal de ojo un culto muy elaborado, y desarrollaron multitud de conjuros para vencerlo. En Grecia era asunto que nadie se tomaba a broma: Sócrates tenía terror al baskano = aojador. De la India, donde la fascinación era arte muy extendido, parece que pasó a Oriente Medio, y en África los aojadores tuvieron reputación de secar plantas y árboles y de matar el ganado con la mirada.

El Código de Manu, o Darmasastra, prohibía celebrar una boda si la ceremonia no era precedida por otra destinada a preservar a los novios de ese mal. Era ceremonia similar a la liturgia de las fascinalia romanas en honor de Fascinus, personificación de la potencia sexual, representado por un falo que se llevaba en procesión; de aquel uso derivó la costumbre de llevar a modo de amuleto colgado del cuello o escondido en el bolsillo un pequeño pene de piedra o metal al que se atribuía poder de conjurar el mal de ojo. Griegos y romanos recurrían a todo tipo de tretas contra el aojamiento: escupían, portaban consigo el pellejo de la frente de una hiena o la raíz del satirión, planta a la que recurrían las menstruantes, muy vulnerables a este mal.

Lea tamibén Mal de ojo: ¿Cómo protegerse y liberarse de su influencia?

En Roma hubo especialistas cuyos servicios eran requeridos para llevar a cabo la fascinatio: ejercer un sortilegio o mal influjo sobre alguien a fin de hacerle daño, y hubo leyes severas contra quienes aojaban las cosechas echándolas a perder. El poseedor de un oculus fascinum podían causar daño incluso involuntariamente porque en sus pupilas habitaba una anima pupilina en la que estaban concentradas todas las fuerzas del alma: son los gafes y malasombras de la Antigüedad. Para saber si uno ha sido aojado debe mirarse en el espejo: si lo empaña, las sospechas son ciertas y se corre peligro. Antaño se adoptaba ciertos gestos ante la persona sospechosa de portar el poder. Cuenta el naturalista latino Plinio que en el siglo I se hacía la higa en presencia de quien se sospechaba poderes fasci-natorios, costumbre extendida en España: en tiempos de Cervantes se conjuraba el mal cerrando el puño y mostrando el pulgar por entre el índice y el dedo corazón, remedando la cabeza del miembro viril, o capullo, para mostrar quien lo hacía que no era circunciso, es decir: judío o moro, sino cristiano viejo. Se recurría asimismo a poner sobre el aojado una mano de tejón, cuya sangre pulverizada curaba en la Antigüedad la lepra.

También era buen remedio el coral, las cuentas de ámbar o una nuez de plata con azogue dentro. En puntos de Europa se recurría a la raíz de peonía o saltaojos cuyas semillas duras, redondas y rosadas se empleaban como rosario de cuentas, siendo sobre todo buscadas para ese fin las castañas marinas. Toda precaución era poca; no convenía pasear al niño lustroso y sano sin la protección de higas de azabache, material de gran virtud contra el aojo. La razón principal para desear el mal de otro, y por tanto buscar su perdición, era la envidia, y por eso se trataba de no provocarla, recomendándose actitudes humildes, mantener en secreto felicidad y riqueza: hay quien cree que la construcción de las casas árabes de Al Andalus, y después de las andaluzas con sus patios, de aspecto deleznable desde el exterior, obedece a esa creencia.

Entre los pueblos eslavos, como los ilirios, hubo gente que ejercía de aojador y llevaban su dudosa virtud por todo el mundo, siendo personaje temido, pero también perseguido. Quien poseía una mirada desviada o extraña corría el peligro de ser condenado por brujo o bruja: unas simples cataratas podían llevar a quien las sufría al potro o a la hoguera. En el Libro de los cuentos, obra polaca medieval, se cuenta la historia de un padre que se hizo sacar los ojos por temor a causar daño a sus hijos. También se atribuyó esta facultad a ciertos animales, y fue creencia aceptada por la Iglesia. Enrique de Villena escribe en su Libro de aojamiento o fascinólogía (1411):

Hay algunas personas tan venenosas en su complisión que por la vista sola emponzoñan el aire. Es por esto ocurre más en los niños pequeños tal daño.

A los niños y animales jóvenes, especialmente vulnerables, se les proveía de amuletos para contrarrestar el maleficio e incluso para devolver el mal de ojo a la persona que quería darlo. Sebastián de Covarrubias escribe en su Tesoro de la Lengua (1611):

Los niños corren más peligro que los hombres por tener la sangre tan delgada, y por este miedo les ponen algunos amuletos o dixes, ora sea creyendo tienen alguna virtud para evitar este daño, ora para divertir al que mira (y) no clave los ojos de hito en hito.

En Oviedo se desaojaba al niño, a principios de siglo, con este conjuro:

Dos ojos te vieron y un corazón malo: Dios te bendiga, y el Espíritu Santo.

También se conjuraba el daño que la criatura pudiera recibir del aojador recitando lo siguiente:

Mañana sin falta, si é que llego allá, con agua bendita lu tengo asperxar y ponei la cigua antes de mamar, y dai pan bendito mezclau al papar.

El porqué de esta creencia no está claro. El hecho de reflejar la pupila la imagen de quien nos mira pareció al hombre antiguo cosa de magia al verse así reproducido, y debió pensar que podía ser poseído o secuestrado, perdiendo señorío y dominio de sí para hacer la voluntad de otro. A ese terror obedece la negativa de muchas tribus africanas, y la tradición semítica, a ser dibujados o fotografiados por miedo a perder su imagen: su alma.

En el XVI, Fray Luis de León se hacía eco de las «gentes que entran en las casas a aojar todo lo bueno que vieren»; y en el XVII Tirso de Molina, echando mano de alguna copla popular, pone esto en boca de una de sus criaturas escénicas:

Ponzoña mirando arrojas. No me mires que me matas. Vete, monstruo, que me aojas, y mi juventud quebrantas.

Pero también existía su copla para el remedio:

Dos ojos te han hecho mal, pero tres te han de curar: y esas son las tres Personas de la Santa Trinidad.

El escritor ascético del XVII Juan Eugenio Nieremberg, habla de la necesidad de «prevenir contra el aojo». Eran síntomas de haber sido aojado la pérdida súbita del interés en el trabajo, indolencia repentina acompañada de modorra y aspecto demacrado, diarreas violentas sin venir a cuento, vómitos, sudor frío o risa tonta; tras estos síntomas todos sabían que el paciente moriría pronto. Pero en la terapéutica mágica hay esperanza para el aojado: lo primero es comprobar el hecho, a cuyo fin existen numerosos procedimientos. Conocí siendo maestro de analfabetos en el madrileño campamento militar de Colmenar Viejo, en los años sesenta, a la madre de un alumno de Olivenza que para cerciorarse de la presencia del mal dejaba caer tres gotas de aceite en un vaso de agua: si una de ellas se hundía, el mal era cierto, y para erradicarlo recitaba jaculatorias y llevaba rezos colectivos, junto a otras medidas materiales. En

Asturias era frecuente a principios de siglo pasado dar a beber al aojado sorbos de agua que hubiera estado en contacto con un útil de plata; también se recurría a ahumar la camisola de la criatura con el humo de la corona de laurel bendecida el Domingo de Ramos; y en pueblos pacenses como Maguilla, solía quemarse en el cuarto donde dormía el niño aojado plumas de perdiz, granos de trigo e incienso.

Particularmente dañino es el mal de ojo del muerto. En las casas donde hay un difunto no se deja dormir a los niños por temor a que en sueños el alma de la criaturita salga del cuerpo y sea asaltada por la del muerto que ronda el ambiente. Coger «el aire del muerto» es peligroso. En Galicia se cura llevando a la criatura en noche cerrada al cementerio, y una vez allí se llama tres veces al difunto causante del daño, a quien se le exige:

Sácame o aire de morto

e dame o do vivo:

aire do morto non ten conforto,

e aire do vivo e confortativo.go.

Por ser el niño más propenso al aojamiento se le alejaba del peligro hurtándolo a la mirada de viejas ajenas a la familia y de personas con notable defecto físico; no se le dejaba a solas con un mendigo y se le cubría la cabeza antes de cumplido el año, reforzando estas medias con amuletos de magia blanca hechos de coral, azabache, marfil o incluso con excremento de cerdo, remedios paganos a los que se une amuletos religiosos como la cruz de Caravaca o una página de los Evangelios.

Antaño fueron famosas en Galicia las bolsitas de los atavíos: un diente de ajo o un trocho de piedra del altar, y en caso de que no se tengan a mano surten efectos similares un espejuelo o la corteza de pan; también la pata de conejo aleja a los aojadores: Benito Mussolini, que vivió aterrorizado por el mal de ojo, solía llevar una.

 

 

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