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San Ignacio de Loyola y lo paranormal

San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España.  Fue bautizado con el nombre de Iñigo López de Loyola, pero cambió su nombre porque el de Ignacio le parecía más universal.

            

Sus padres, Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y de Marina Sánchez de Licona eran de familias muy distinguidas. Siendo muy joven se trasladó a Arévalo (Ávila), donde trabajó con el contador mayor del reino y allí se quedó hasta 1517, fecha en la que se marchó a Navarra para ponerse al servicio del virrey Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera.

Sin embargo, en 1521, durante la defensa de Pamplona frente al enemigo francés, fue herido de gravedad en la rodilla.  Le hicieron tres operaciones dolorosas y sin anestesia; en las cuales no prorrumpió ni una queja y los médicos se admiraban. A pesar de ello,  quedó cojo para toda la vida.

Durante su larga convalecencia, leyó la Vida de Cristo, de Ludolfo de Sajonia, y el Flos sanctorum, de Jacobo de Varazze. Según cuentan sus biógrafos oficiales, ambas obras marcaron un antes y un después en su vida: desde entonces se propuso imitar a lo santos y peregrinar a Tierra Santa. Este deseo lo vio realizado en 1523, año en el que obtuvo permiso para viajar a Jerusalén. Los años posteriores en Europa resultaron bastante convulsos para el aprendiz de santo: fue perseguido y encarcelado en Alcalá y Salamanca, porque sus enseñanzas levantaron sospechas en el seno de la Iglesia católica. Tras estudiar en París durante unos años fundó la Compañía de Jesús (Societas Iesu) el 15 de agosto de 1534 en unión con seis compañeros religiosos como él, a saber: Francisco Javier (canonizado santo después), Pedro Fabro, Alfonso Salmerón, Jacobo Laínez, Nicolás Bobedilla y Simón Rodrigues.

Todos hicieron voto de pobreza y prometieron peregrinar a Jerusalén. En 1538, Ignacio fue elegido primer general de la Compañía y se quedó en Roma, donde vivió hasta su muerte dedicado a la tarea de organizar y dirigir la Compañía hacia un apostolado universal.

En esta tarea le ayudaría sobremanera su gran amigo san Francisco Javier (1506-1552), al que estaba muy unido espiritualmente. Francisco Javier partió por orden de Ignacio a la India en 1541 y también estuvo en China, Japón y otros muchos lugares de Asia bautizando a miles de personas en nombre de la Compañía. Aunque en el siglo XVIII el papa Clemente XIV firmó un edicto suprimiéndola, 40 años después el Vaticano la restauró y, en la actualidad, la Compañía de Jesús está presente en 127 países y cuenta con más de 20.000 miembros. Todos hacen votos de obediencia, castidad y pobreza.

Esta orden religiosa tenía como objetivo servir a Dios y al prójimo bajo la bandera de Jesús. Desde el punto de vista de lo "terrenal", fue el mayor logro de Ignacio, pero fueron sus logros espirituales los que lo elevaron a la categoría de santo: fue canonizado en 1622.

 

La transformación espiritual de san Ignacio de Loyola

Otros pormenores de su vida menos conocidos y "anómalos" figuran en diversas biografías y testimonios recogidos en distintos documentos canónicos, que se citarán más adelante, pero es el Memorial del jesuíta portugués Luis González da Cámara (1519-1575) el que recoge más que ninguna otra fuente información de primera mano sobre Ignacio.

Da Cámara permaneció en la casa romana de la Compañía de Jesús junto a Ignacio entre el 23 de mayo de 1553 y el 23 de octubre de 1555, y tomó notas a diario sobre la personalidad y manera de obrar de Ignacio. Hablaba de la atención que dedicaba a los enfermos, su confianza absoluta en los médicos, su gran condescendencia con los novicios, su buen trato para con los compañeros y sus enfados con los que tenían un carácter altanero y autoritario. Y también mencionó algunos de sus "raptos"...

 

Raptos o ensoñaciones

En relación con lo anterior, Montague Summers apunta en su obra The Physical Pheno-mena of Mysticism (1950) que san Ignacio de Loyola "experimentaba raptos que le duraban una semana". Parece mucho tiempo para un rapto, acaso deberíamos entender que se refería a un estado de ensoñación o ensimismamiento prolongado, como si estuviera en otro lugar, más allá de los cielos.

La información recogida por Da Cámara en su Memorial resulta un poco más esclarecedora: "La mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor... Subíase a un terrado o azotea, desde donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie, se quitaba su bonete, y sin menearse estaba un rato fijos los ojos en el cielo". Con arreglo a esto parece que el santo tuvo facilidad para situarse en estados alterados de conciencia. Le sucedía algo similar cuando contemplaba el mundo natural: "De ver una planta, una hierbecita, una hoja, una flor, cualquier fruta, de la consideración de un gusanillo o cualquier otro animalejo, se levantaba so bre los cielos y penetraba en el más interior y en el más remoto de los sentidos...", explica Da Cámara.

 

Levitaciones

Ya tenía 33 años cuando empezó sus estudios en Barcelona. Por aquel entonces se alojó en la casa de Agnés Pascual, una mujer con un hijo llamado Juan, que luego aportaría diversos datos sobre la vida del santo: al parecer se dedicaba a espiarle en secreto. Remitiéndose al Acta sanctorum, tomo VII de julio, página 441 BD, Olivier Leroy recoge que Juan "le había observado en el momento de sus oraciones".

A veces, el cuarto donde Ignacio estaba sumido en éxtasis se llenaba de claridad, mientras que el santo, arrodillado, con los brazos en cruz, se elevaba entre cuatro y cinco palmos". Este no es el único testimonio de las levitaciones del santo. En el mismo Acta sanctorum, página 443 B, se recoge que "las religiosas del convento de San Jerónimo de Barcelona también le vieron un día elevarse ante el altar de san Mateo después de haber estado varias horas en un estado contemplativo".

En su Biografía de san Ignacio de Loyola (1855), el padre Daniello Bartoli se hace eco de estos testimonios y los da por buenos, pero el jesuíta Herbert Thurston, en su obra The Physical Phenomena of Mysiicism, no se muestra tan entusiasta respecto a la autenticidad de su levitación: "...Este relato reposa sobre la declaración de Juan Pascual en el procedimiento de canonización y de otros testimonios aportados por las monjas de Barcelona relativos a los aparentes embelesamientos ante el altar de san Mateo... Los testimonios no pueden calificarse de satisfactorios porque Pascual era para entonces un hombre muy anciano, que hizo su declaración partiendo de sucesos acaecidos en su primera juventud, mientras que las religiosas solo podían testificar hechos de segunda mano".

Sin embargo, Thurston no se muestra tan crítico en relación con los fenómenos de luz que supuestamente protagonizó san Ignacio. Aunque cuestiona la naturaleza sobrenatural del fenómeno, en el capítulo dedicado a los fenómenos luminosos del misticismo efectúa una valiosa disección de la experiencia recogida por el padre Bacci en su Vida de san Felipe Neri (1851), en la que se habla de las relaciones que este santo italiano tuvo con san Ignacio.

Al parecer, san Felipe no tenía costumbre de fechar sus recuerdos, pero a veces hablaba de una impresión que había tenido respecto a san Ignacio cuando este había estado en Roma dando sus primeros sermones. Y eso que no vio luego a san Ignacio predicando en Santa María de Montserrat, donde emocionaba a los feligreses por su vehemencia y por su autoridad. San Felipe decía que "tenía el rostro resplandeciente" y añadía que "la llama del espíritu y de los ojos ejercía más impresión sobre las masas que los discursos elegantes y las palabras escogidas". ¿A qué se refería con esto san Felipe? ¿Una aureola? ¿Un rostro ferviente por una mímica apasionada?

En relación con este testimonio, Thurston comenta que "resulta difícil creer que san Felipe y los que empleaban expresiones análogas, no solo a propósito de san Ignacio, sino también de san Carlos y de muchos otros, hablaran solo de forma metafórica. Hay tantas historias de santos monjes que iluminaban una celda oscura, o toda una capilla, por la luz que emanaba de ellos mismos o que les bañaba, que me inclino a adoptar la interpretación más literal".

 

Visiones de María

Muy distinto fue el fenómeno de las visiones que san Ignacio tuvo en diferentes ocasiones de su vida, pero tampoco parece que pueda negarse, ya que padeció diversos episodios febriles que fácilmente pudieron facilitárselas. Se cuenta, por ejemplo, que sus famosos Ejercicios espirituales  fueron dictados por la Virgen María en una serie de visiones o experiencias espirituales que le confirmaron su entrega al servicio del Señor.

Puede que haya algo de legendario en esto, pero ya nos hemos referido antes a la facilidad que Ignacio tenía para "sentir a Dios". En este sentido, Verdoy apunta que "Ignacio de Loyola cifraba su autoridad moral y religiosa en su experiencia humana, fundada, desde los lejanos tiempos de su conversión en la década de los años 20 del siglo XVI, en su experiencia de Dios... Sentía a Dios profunda e inmediatamente. Tenía una intensa vida interior... Sentía de manera especial la presencia de Dios. Una presencia, por otra parte, lograda no a fuerza de normas exteriores, sino fruto de la devoción".

También Luis González da Cámara cuenta cómo le veía transformarse cuando se arrodillaba a rezar: "Muchas veces lo encontré retirado en su capilla, que parecía que le podía ver la devoción en el rostro; aquello no era como lo que había visto muchas veces en personas devotas, cuando están en oración, sino que parecía claramente algo celestial y muy extraordinario".

Extraordinarios son, sin duda, algunos de los hechos aquí descritos en torno al santo. Podemos no creer en sus levitaciones o fenómenos de bioluminiscencia, pero su legado es palpable en su libro de Ejercicios espirituales y también en la expansión de la Compañía de Jesús.

 

Oración a san Ignacio de Loyola

Oración Santísimo padre san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; escogido entre millares para dilatar la gloria de Dios por los cuatro ángulos del mundo; varón eminentísimo en toda clase de virtudes, pero especialmente en la pureza de intención con que siempre anhelabas la mayor gloria de Dios; héroe insigne de penitencia, humildad y prudencia; infatigable, constante, devotísimo, prodigiosísimo; de caridad excelentísima para con Dios, de vivísima fe y esperanza robustísima; me gozo, amado Padre mío, de verte enriquecido con tantas y tan eminentes prerrogativas, y te suplico alcances a todos tus hijos aquel espíritu que te animaba, y a mí una intención tan recta, que hasta en las menores cosas busque puramente la gloria divina, a imitación tuya, y logre por este medio ser de tu compañía en la gloria. Amén.

 

 

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